
Ni Tony Manero, ni Robert De Niro o Al Pacino. Ni más, ni menos. No le gustan las comparaciones, porque Alfredo Castro mira con temor esos paralelismos donde uno se diluye.
A los 54 años Castro se ha involucrado en prácticamente todos los formatos escénicos que se hacen en Chile. Desde la primera vez que incursionó –literalmente desnudo- en la obra Equus en 1977, no ha dejado de mostrarse tal como es sobre los escenarios. Hoy dirige La Memoria, su propio centro de investigación teatral fundando en 2006. Allí imparte desde entonces seminarios de formación actoral.
No ha tenido años quietos, pero el 2008 sin duda marcará una pauta especial. Grabó Viuda Alegre, la teleserie número 23 en su carrera televisiva; en enero recibió el primer presupuesto de Fondart en la Línea Bicentenario (109.477.640 de pesos) para el mantenimiento de La Memoria, viajó por primera vez a Cannes con un protagónico bien recibido, y de vuelta a Chile, aterriza para asumir modestamente la revolución del arte con dos obras sobre minorías sexuales. Ésa es la única forma en que puede expresar su rebeldía. Con un sistema dictatorial, con algunos medios de comunicación y con la autonegación de los chilenos, Alfredo Castro discrepa. Humilde, certero y un poco más atareado que de costumbre, responde a este llamado del ave de plumas amarillas.
Es imposible ser feliz en Chile, has dicho. ¿Por qué?
Porque es un muy país pobre, donde la distribución del ingreso está tan mal hecha que hay brechas insuperables; y la gente cuando es pobre, tiene una dificultad muy grande, no puede acceder a las cosas que lo harían feliz, como es el tiempo del ocio, la lectura, el cine, el teatro, la naturaleza. La gente trabajo mucho, trabaja mal, gana muy poco y creo que eso redunda que la gente está siendo bastante infeliz.
¿De qué adolece el país?
De igualdad, de que los beneficios económicos y humanos sean recibidos. Es un país que parece ser muy próspero económicamente pero sólo es una apariencia. Vivimos en un simulacro. La prosperidad se percibe pero no se disfruta por la población. Equidad, es la palabra.
¿Por qué tardaste en llegar al cine?
No me habían llamado, no se me había ocurrido.
Y ¿cómo fue el balance final de la experiencia fílmica?
No fue una dificultad, mi equipo fue muy agradable. Como dramaturgo del guión, me sentí cómodo. Con los directores, al menos, con Andrés Wood, de “La buena vida”; y Pablo, tengo una relación de afecto y me es muy grato trabajar con ellos. Creo aportarles un poco de experiencia, con 30 años trabajando como actor, 20 años como director, 25 años como docente, hay una mirada…
¿Qué debería tener el siguiente guión que aceptarías filmar?
No tengo ninguna preferencia. Me interesan los muy buenos guiones, muy buenas historias y gente que tenga una poética en el cine, que esté buscando un lenguaje. No tengo ninguna aspiración arribista de trabajar con directores extranjeros. No. Desde alumnos que están probando sus primeras incursiones en el cine; hasta obviamente con Pablo o Andrés seguiría trabajando. El método, el futuro artístico
¿En qué rol o escenario te siente mejor?
El cine estoy conociéndolo ahora como técnica, como proceso final. Disfruto mi oficio desde todos los lugares. La docencia me satisface mucho también. Lo más importante en el oficio del teatro ha sido el entorno, que me sea favorable. Igual en televisión, depende de las personas con las que a uno le toque compartir un trabajo tan profundo, tan arduo, tan difícil de repente. Esto no se hace solo sino con quien uno encuentre que pueda compartir humores, sensaciones; es lo que lo hace grato o ingrato.
¿Qué opinas de la tendencia del cine latinoamericano por autorrepresentar su propia debilidad?
La gente está más sensible a la falta de equidad, a la explotación, a la miseria. Yo creo en ello. En el cine mexicano, peruano, argentino, brasilero también. Son países que comparten tantas maravillas en cuanto a la humanidad de sus habitantes, a la solidaridad, a su gente, a la diversidad que tienen; y sin embargo quienes han estado o están en el poder no han sabido comprender. Pero sí el arte, la literatura, la escritura, el teatro, el cine están muy cerca de ese sentir.
Se mantendrá la réplica de lo que vivimos…
De Centroamérica para el sur: de México para abajo son países muy golpeados. Muy golpeados por el primer mundo, entonces, es obvio que un director que ve la realidad todos los días, no tenga que recurrir a una ficción. En estos países las ficciones es casi un absurdo. La realidad irreal es mucho más poderosa.
¿Cómo imaginas el cine chileno en unos años?
Uno sabe lo que puede pasar. Sí tengo la sensación de que hay varios directores muy jóvenes que van a provocar un movimiento que puede llegar a ser muy interesante. Hay unas cinco películas en este momento que proponen un cambio de mirada, de estructuras narrativas, de temáticas, personajes, paisajes… (titubea)… “El Pejesapo”, “El árbol, el tiempo, el viento y las nubes”, en las que algunos de mis alumnos han participado. Se habla de ellos como con otra mirada. Obviamente Pablo Larraín, perdón la falta de objetividad aparente, pero uno ve a la gente más joven y puede entender que ellos están en búsqueda de otras cosas, no están haciendo películas, están haciendo cine. Una búsqueda de lenguaje, estética, estructuras narrativas, de una mirada de un país muy diferente a lo que había antes.
Una generación de reivindicación…
Gente que al momento del golpe de estado tenían dos años de edad, se han hecho cargo de una democracia tambaleante que no ha logrado poner las cosas bien en su lugar, separar muy bien las aguas, volver a una democracia en plenitud. Las huellas de la dictadura son muchas. Muchas.
¿Cómo lograr que la gente vaya más al teatro?
Hay un problema con los medios de comunicación gravísimo. Es una cadena que se ha producido muy maligna, que alguien, a quien yo no sé nombrar, estima que el público es bastante estúpido y que hay que invitarlo a ver cosas estúpidas y que no va a entender, o que no le interesan algunas cosas. Gente que critica los espectáculos desde el punto de vista estrictamente moral, personas muy ligadas a ciertas religiones como la católica. Emiten juicios absolutamente morales y se sienten poseedoras de verdades absolutas. Por lo tanto hay obras maravillosas de gente joven que no tienen ni un milímetro de cabida en el periodismo chileno.
Ante tal escenario, ¿existe una posibilidad?
Ahora la revolución viene a través de Internet. Los chicos tienen unas redes de comunicaciones notables, amplias. Lo puedo comprobar con mi teatro. Estamos la obra “Travesti por mi abuela”, que es una obra de Rodrigo Pérez, quien está retomando el espectáculo que hizo antes del Golpe de Estado y que rinde un breve homenaje a todas las minorías sexuales de este país; eso no sale en los medios. Entonces, 100 de las 120 personas que hay para la función del día de hoy, llegaron gracias a Facebook y los contactos en Internet de los alumnos. Así funciona ahora. Así que los medios van a tener que seguirlo.
Parece imponerse una resistencia…
Estamos en manos de ciertos opresores que tienen mucho poder. Basta que alguien deje de hacer teatro un año para que no exista.
En la reacción a la historia hay algo de “Tony Manero”…
La película es una trasgresión a los sistemas de poder. Creo que no le va a ir muy bien, porque éste es el país, ésa es su historia. Yo pienso que si esta película fuera hecha por un francés, por un inglés, por un coreano, sería un tremendo éxito en Chile. Pero el chileno…digamos la gente tienen el poder de comunicación, que está en algunos medios de comunicación no puede resistir verse en pantalla.
(Hace la voz más grave. Y Enfatiza:)
En un país que funciona tapando la mugre bajo la alfombra…basta salir del metro, bajo la puerta, para darse cuenta de la miseria de este país, de lo horrendo. Todos esos lugares que están en la película existen, lo que pasa es que están debajo de la Costanera Norte. No se ven. Pero cuando un director joven se los muestra, dicen ¡qué horror, qué fuerte!, ¡qué violento!... ¡Eso es violento! Esa negación es ocultamiento, es violento. Un falta de mirada cristiana sobre las cosas.
¿Cómo seguirá ese proceso de autodescubrimiento?
La gente joven va a seguir produciendo. Los que están van a jubilarse… La historia les juzgará por no haber visto lo que tendrían que ver. En Chile alguien cree que ser crítico de cine es saber historia del cine, qué hizo Rodart, qué hizo Saura… eso es historia. Pero en Cannes no hay aficionados, hay una mirada optimista para Latinoamérica.
--
Fotos: Andrea Mazzucchelli





















Excelente...
Excelente entrevista... Alfredo Castro es un grande.