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la única revista cultural ciudadana - número 75 - año II 

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El estadio

Enviado por La Pollera el 07/10/2008 a las 11:14 AM

Acaba de escribirme un amigo que pasó el fin de semana en Buenos Aires, hablándome muy seriamente de un partido de fútbol que fue a ver este sábado. “Es menester que escribáis una crítica existencial a este respecto”, dice la tercera frase del mail.

Después de leer con atención sus comentarios, he tendido a darle la razón en algunas cosas -como por ejemplo en lo ya citado-, de manera que la presente crítica se dedicará a dialogar con el Julín respecto a este asunto tan curioso que es la reunión de miles de personas en torno a un equipo de fútbol, a una competencia y a una convicción inexplicable.

Cito, para empezar, un diálogo sostenido hace algunos años entre el bueno del Sanchuco y el loco Saifer. El segundo, que ha pateado una pelota de fútbol quizá tres veces en su vida, le preguntaba con curiosidad al primero, un aventajado defensor central que juega en al menos dos ligas por semestre y que no falta al estadio a ver al equipo de sus amores -Colo colo-, qué pasaría si es que todo el plantel del Colo fuese comprado por la U. Sigo siendo del Colo, respondía calmo el Sanchuco. ¿Y si todo el plantel y el director técnico y el estadio pasasen a ser de la U? Sigo siendo del Colo. ¿Pero qué es el Colo?, terminaba preguntando el loco Saifer, que ya se veía a los pies de un asunto más metafísico que él mismo, ante lo cual el Sanchuco respondía, al cabo de unos segundos de reflexión, que el Colo era una institución. Y efectivamente es aquí donde empieza todo, en las instituciones.

En el mail del Julín se describía con acucioso detallismo el marco del partido de fútbol disputado entre Boca Juniors y Estudiantes de la Plata, y luego se dedicaba a hacer comentarios reflexivos en torno al fenómeno. Lo primero que rescataba era la transversalidad social del evento. A Julín le parecía maravilloso que tantas personas de diferentes sectores geográficos, costumbres y estratos socioeconómicos se juntasen en un lugar y un momento a compartir un solo puñado de ideas comunes. Fuere lo que fuere el motivo de la inmensa reunión, “lo que importa -comenta Julín- es que se comparten cosas reales que permiten un entendimiento real entre personas muy diversas: hay realidad, y esto permite la comunicación social”. En otras palabras, se trataría de una especie de plataforma social sobre la cual podría establecerse la diferencia. Así, hay fanáticos de todos los equipos que pueden dialogar respecto a ese tema, con todos los desacuerdos que se quiera, pero con un objeto común que da pie a la relación humana con cualquiera, de manera tal que desde ahí puede nacer un diálogo de cualquier otra cosa. Y no es casualidad que en aquel país todos anden por la calle hablando los unos con los otros como si se conociesen de siempre. (No se quiere decir que esa expansividad característica del pueblo argentino sea producto de su afición al fútbol, sino que en su fanatismo se refleja ese carácter, fanatismo que se refleja también en la música y en otros asuntos como, por ejemplo, el psicoanálisis. El caso es que son de un carácter fanatista y convencido, a partir del cual surge una confianza inexplicable, una especie de identificación absoluta que luego permite al individuo recorrer los caminos de la diferenciación sin el temor de perderse: fanatismo que hace las veces de un norte.)

Pero esta maravillosa instancia de reunión, la cancha, que podríamos comparar -aunque con sus marcadas diferencias- al ágora de la Grecia antigua, tiene también sus vicios: los vicios de cualquier fanatismo. Pues ¿hay algo más irracional que ser fanático de un equipo de fútbol?

Sócrates hablaba de la capacidad de impresionarse en el estadio olímpico, pero no del apoyo incondicional a alguno de los atletas. ¿Por qué sería preciso identificarse con algún bando? Y la respuesta va por ahí mismo: porque si no hay afiliados a los bandos, simplemente no hay bandos. Y así existen las ya oxidadas tendencias políticas, las olvidadas tendencias filosóficas, los nacionalismos y las simpatías deportivas. Todo es parte de lo mismo, de una afiliación de carácter institucional: una acuerdo que reúne a personas. Y, recordemos, para cualquier diálogo aunque sea una discusión, siempre hay que partir de un acuerdo que sirva de plataforma sobre la cual construir el edificio de ideas: la única forma de construir plataformas posibles de ser compartidas es institucionalizándolas de manera tal que se vuelvan comunes. Pero, y he aquí el punto más hediondo de todo esto, esa institucionalización no es racional, sino que implica una especie de acto de fe, de creencia. La misma creencia que sostiene a un fanatismo. La fe institucional.La fe religiosa o mística es la principal en nuestra corta historia de seres humanos. Durante algún tiempo tomó fuerza la fe en la razón, pero no duró mucho, pues la razón misma terminó viéndose los calzones (imagínense, pobre razón, que mediante ella misma se fue enterando cada vez más que lo que la sostenía era justamente su contrario: una fe en ella misma; después de eso, cual hijo de comunista robado y luego criado por un fachista, quedan dos opciones: la negación obsesiva -o derechamente psicótica- o la melancolía, y en esos dos polos se mueve hoy el mundo de la filosofía).

Pero volvamos al fútbol. Tenemos que en ese evento del domingo, del cual salió derrotado Boca en su propio estadio, el Julín se topó con un asunto que, según me cuenta, le ha costado mucho digerir, y que tiene que ver con esa jodida contradicción que es en sí misma la cultura: la inteligencia como la hija mayor de la estupidez. Pues ¿qué les pasa a esas miles de personas que cantan al mismo tiempo insultos dirigidos a otra institución, odiándola, absolutamente convencidos de que hay en ellos algo superior, algo sustancial? ¿Cómo no se detienen a pensar y asumen que se trata de una situación del todo ridícula y absurda, y que más bien parecen un grupo inmenso de borrachos cabezas duras enamorados de una mujer que se va y se va? Pero, sin embargo, de ahí sale un futbol bello, un talento, algo real. Y de nuevo con la contradicción. Del convencimiento a la razón y no de la razón al convencimiento. El mundo está al revés y tiende a girarse hacia el otro lado. El Julín no fue capaz de seguir los cánticos, se sentía falso, sin embargo su hermano, que saltaba a su lado haciendo ademanes con los brazos, no podía más con el goce. ¿Y de dónde viene ese goce? Seguramente de la convicción, de sentirse parte de una verdad financiada por miles de otros seres humanos que han decidido -o que les ha tocado- estar en un franco acuerdo: un acuerdo de fe.

Y así, nuevamente tendemos acá a pensar en que no hay caso con la cultura, que es un problema en sí. Irse al campo es la única posibilidad, pero corremos el riesgo de volvernos locos sin esas plataformas del pensamiento, sin la institución. Habría que ser muy fuerte, tal vez un Thomas Bernhard, pero ¿y no se volvió acaso loco también ese Bernhard? Y bueno, una vez más, entonces, llegamos al enunciado que va a marcar nuestra pauta: ¿Y qué tanto con la locura?

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