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la única revista cultural ciudadana - número 75 - año II 

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Memoria ciudadana

Enviado por La Pollera el 16/09/2008 a las 06:17 PM

Con una semana de distancia se nos juntan dos fechas raras. Dos fechas que dan forma a esta invención humana denominada país. Chile. ¿Y qué hacemos? Recordarlas. Celebrarlas. Conmemorarlas. Por qué y para qué las recordamos son preguntas de más: sólo sucede. Vivimos de recuerdos.

Borges nos lo dejó más que claro. Sin embargo, hay cosas que queremos olvidar, que nos empeñamos por olvidar y que, por lo mismo, tendemos a recordar con mayor frecuencia. No hay empresa más nefasta que intentar olvidar a una mujer que se fue. No hay esfuerzo más absurdo que intentar borrar el arrepentimiento.

Así con nuestra memoria: somos sus marionetas. Igual que las ciudades. Y digo ciudades y no sociedades, porque la ciudad es un cuerpo, es un ser vivo que sobrepasa nuestra voluntad de socios individuales. Y digo ciudades y no culturas porque no hay sentido en su comportamiento: las ciudades son unos animales de los que nosotros somos unas células bastante importantes, pero nada más que eso. Las ciudades son unos musgos luminosos que crecen, respiran, defecan, beben agua y los minerales de la tierra, y que tarde o temprano mueren. Se comportan de acuerdo a sus ánimos, que son absolutamente irreconocibles para nosotros, miserables células. Y en tanto animal, las ciudades también tienen memoria. Insisto: no se trata de un conjunto de hombres que recuerdan. No. Se trata de un animal inmenso que rememora todo el tiempo, que rememora el movimiento de cada una de sus células.

En este caso se trata de recuerdos cruciales. El 18: una especie de salida de la adolescencia, una ceremonia para afrontar la adultez, una especie de primera máquina de afeitar para un montón de ciudades conectadas por un intercambio celular denso. El 11: una especie de castigo autoinfligido, un ataque de psicosis obsesivo-compulsiva. Ése es el carácter de Santiago, el macho alfa del montón de ciudades que conforman este Chile. De repente le bajan locuras, arrebatos de ánimo, contrariedades. Tal vez se siente un poco solo lejos del mar. Posiblemente sienta rabia por sus limitaciones. Quién sabe qué dudas existenciales tendrá. El caso es que recuerda, y recuerda mediante un éxtasis antecedido por un comportamiento muy similar a una síntomatización traumática.

Me acuerdo de una amiga que siempre en primavera le venían unos ataques de sangre de narices. Yendo al psicólogo le ayudó a recordar que se trataba de la muerte de su hermana menor, producto de un parto poco cuidadoso. Para la desgracia del psicólogo, recordar no le hizo dejar de sangrar, pero al menos cargó de sentido el fenómeno. Estas ciudades chilenas recuerdan el trauma claramente, y, tal como mi amiga, no dejan de sangrar. Simplemente es así. Nosotros, células infames, podremos tratar de hacer que las ciudades olviden, pero no haremos más que llevar la sintomatización a otros lugares. Posiblemente mi amiga deje de sangrar por la nariz, para pasar a sangrar por debajo de las uñas. Sin duda, mientras más solapado esté la sintomatización, peor será para el cuerpo: más angustia cargará y más trauma será.

¿Qué tanto con que quede la cagada el 18? ¿Qué tanto con que quede la tendalada el 11? Simplemente es así. Ataques psicóticos, nada más. La grasa de las capitales. Alicia. Puros traumas, puras fechas absurdas, pura memoria sin sentido, como todo y nada más. Y seguimos con la fe de que podemos hacer algo.

Volveremos a nuestras casas y todo volverá a empezar”, dijo un hombre sabio antes de morir. Y la chicha para olvidar.

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